La reversión demográfica es imparable: hacia 2075, se producirá el punto de inflexión en el que la población mundial tendrá, por primera vez, más ancianos que niños. En España, ya es una realidad. Las consecuencias afectarán a todos los detalles de la vida humana.
LOS EXPERTOS en población lo llaman “reversión histórica”. Señala el punto en el que el número de personas mayores de 65 supera al de los menores de 15. El primer país en pasar por ello fue Italia, en 1995. En 2000, lo experimentaron otros seis, España entre ellos. Para el año 2010, ya eran 20 países, y en 2015, la cifra se ha elevado a 30, incluyendo la mayoría de los miembros de la Unión Europea.
Joseph Chamie acaba de publicar, comentada, una proyección de Naciones Unidas que sitúa en el año 2075 el punto de inflexión de la reversión histórica a escala mundial. De ahí en adelante –estima la ONU–, el planeta será por primera vez un lugar con más ancianos que niños.

“A través de la historia humana” –remarca Chamie– “los niños han sido sustancialmente más numerosos que los ancianos. Hace medio siglo, la población mundial de 3.300 millones de personas tenía una media de siete niños por cada persona mayor de 65. En África, eran 14 niños por cada anciano, seguidos de Asia y América Latina, con más de 11 niños por cada persona mayor, y de Europa y América del Norte, con aproximadamente 3 niños por cada mayor de 65”.
Hoy en día, con una población mundial de 7.400 millones de personas, la relación global ha bajado hasta los tres niños menores de 15 por cada persona mayor de 65. En África, la media es de 12 niños, mientras que Europa ya ha alcanzado la reversión histórica: menos de un niño –0,9, para ser exactos– por cada persona mayor.
Chamie, que ha sido director de la unidad de Población de la ONU y hoy es un consultor independiente, señala “los dos factores clave” que están produciendo la reversión histórica de la edad de la población mundial. Por un lado, el drástico descenso de las tasas de fertilidad; por otro, el aumento de la expectativa de vida. No profundiza, en cambio, en las causas últimas. Apuntar la brusca caída de la natalidad es quedarse en la superficie del cambio demográfico. ¿Por qué está cayendo la tasa de fertilidad? La crisis económica de la última década puede explicar por qué se ha acelerado el descenso de la natalidad, pero la tendencia en las sociedades desarrolladas es más antigua, y está relacionada, probablemente, con el cambio cultural que ha devaluado el estatus de la familia natural y propagado la tecnología del aborto y su aceptación social y jurídica.
Una sociedad predominantemente anciana, sin apenas niños, tendrá consecuencias para cada aspecto del orden social. El impacto se notará en el consumo, el empleo, las elecciones, la defensa, la política exterior, el ocio, el sistema de salud, la familia, la inmigración, o los impuestos, enumera Joseph Chamie.
Uno de los efectos mejor anticipados por los economistas se dará en el sistema de pensiones. El envejecimiento de la población significa que habrá menos trabajadores contribuyendo al sistema público, que quebrará, a no ser que los gobiernos de ahora tomen algunas de estas medidas, todas impopulares en mayor o menor grado: subir los impuestos, importar trabajadores inmigrantes, privatizar los planes de pensiones, o aumentar la edad de jubilación.
La expectativa de vida de la especie humana aumentará por encima de los cien años en este mismo siglo XXI, según anuncian los estudiosos de la tecnología. Los avances médicos eliminarán enfermedades hoy incurables. Al mismo tiempo, la integración de dispositivos robóticos en el cuerpo humano alumbrará una transhumanidad que aspira a acercarse a la inmortalidad.
En ese mundo que viene, nacerán cada vez menos niños. Será un mundo de ancianos en el que la infancia será apenas un recuerdo.
Cómo será un mundo de viejos
La cultura que hoy exalta la perpetuidad de la adolescencia, el aplazamiento de las responsabilidades de la vida adulta –entre otras, la decisión de formar una familia y traer niños al mundo–, será la sociedad de ancianos de dentro de cincuenta años. Los jóvenes que hoy critican a los “viejos” por inclinar las elecciones democráticas del lado equivocado pasarán a ser los abuelos de nadie en el mundo envejecido y sin infancia que se avecina.
Un mundo de ancianos será, previsiblemente, un mundo menos inclinado a hacer la guerra. ¿Qué recursos humanos podrían alimentar la maquinaria bélica en un mundo sin jóvenes? Será también un mundo sin enfermedad y, según prometen, un mundo sin la muerte.
La inmortalidad será un bien escaso, no tanto por el coste de su tecnología –aunque, al principio, es de esperar que el precio sea un factor selectivo– como por el hecho de que se detendrá el mecanismo de solidaridad entre generaciones. Es difícil imaginar cómo, sin un reemplazo generacional, se creará la riqueza necesaria para extender a todos los beneficios de un mundo sin enfermedades.
La cuestión, como siempre, es el mecanismo de selección. Quién accede, y quién no, al mundo feliz de la transhumanidad inmortal. Para los no elegidos, seguirá habiendo mecanismos reguladores del excedente. Es plausible que un cambio cultural haga que el suicidio y la eutanasia se conviertan en criterios de santidad y prestigio para las nuevas clases inferiores. Quién sabe: quizá veamos cierto resurgir de credos religiosos que prometen reencarnaciones dichosas y frondosos paraísos para suicidios en grupo, como en las comunas milenaristas de los años 70 y 80.
Los adolescentes perpetuos de hoy serán esos abuelos de nadie, carne de cañón de las inyecciones letales, en el mundo de la “reversión demográfica” que anuncian los expertos. No habrá hijos ni nietos en sus entierros, que, por otra parte, se harán clandestinamente en un reducto exótico de los cementerios europeos de mayoría musulmana, repletos de deudos fervorosos.<





